Sé que te asusta

Sé que te asusta

Ver el miedo en mi cara

Cuando nos miramos.

Tranquila,

No es por ti,

Ni es el miedo al futuro

Lo que ves,

Ni siquiera miedo al pasado.

Es tan sólo

Que me asusta terriblemente

El llegar a ver en tus ojos

El puro reflejo de lo que soy.

PIMU

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Las paredes del pozo

Ella no pasaba su mejor momento, tampoco el peor. Él por el contrario venía de lo más alto, pero caía en barrena. Ella escalaba trabajosa las paredes del pozo. Él resbalaba por ellas arañándolas.

La casualidad, razón por la que suelen ocurrir la mayoría de hitos importantes en la vida, quiso que se cruzaran a mitad de camino, ella en su escalada hacia el purgatorio, él en su bajada a los infiernos. Fue un breve chispazo de tiempo, intenso como un chupito, fugaz como un aleteo, en el que sus miradas se enredaron intentando aferrarse a ese algo intangible que todos y todas buscamos.

Ella, que siempre tuvo grandes reflejos, de forma inconsciente, extendió el brazo y lo sujeto del cinturón como quien al resbalársele un bote de la mano lo coge antes de llegar al suelo.

Él sintió el frenazo en su estómago y logró sujetarse en el resquicio entre dos ladrillos.

Al principio sólo pasó el tiempo, despistado, como si no fuera con él la cosa, el silencio llenaba el espacio que dejaba la incertidumbre y sus miradas todavía enredadas en un bonito nudo de ocho, se perdían en lugares pasados.

La primera palabra como una granada en medio de una iglesia, desafinada, ronca, a contrapié. Pero fue la catalizadora que desencadenó todo lo que uno y otra habían ido callando a lo largo de sus respectivas existencias. Esos miedos pegagojosos, esas inseguridades parásitas que tanto les habían robado temblaron con esa primera voz que trazó la autopista entre ambos.

Encontraron en sus miserias un patio de juegos común y desde ellas fueron elevando un tótem con cada abrazo de comprensión, con cada mirada cómplice, con cada lágrima compartida. Fue como trenzar cerillas e ir rascándolas una a una, sin prisa, disfrutando de ese destello, que si bien es pasajero con los ojos abiertos, detrás de los párpados permanece encendido.

Y así, sin darse cuenta se vieron los dos asomando las cabezas por encima del borde del pozo. Era de día y la luz del sol les reveló a ambos un mundo que ya conocían. A esa luz que no esconde nada se asomaban todos los miedos, los vértigos, las cicatrices, las necesidades futuras impuestas, las voces ajenas, las internas. A fin de cuentas, todas las cosas que les habían hecho tropezar y caer tantas veces hasta verse en medio del pozo.

Ese mundo ya no era para ellos, habían creado su pesebre acomodando todas sus experiencias pasadas de modo que no molestasen y encajasen bien en el hueco cervical usándolas de almohada, bien como estantería rinconera donde colocar los libros, o como combustible para alimentar esa llama que había prendido arañando con las uñas las paredes del pozo.

Ese pozo que ya no querían dejar ya que, eran ellos los que habían elegido compartirlo sin la presión del mundo.

Ella no pasaba su mejor momento, tampoco el peor y él venía de lo más alto cayendo en barrena, y por casualidad, cómo suceden la mayoría de cosas importantes de la vida, se encontraron.

PIMU

IDOLETRAS DE MEDIANOCHE

Sobre su pecho izquierdo escribió la palabra esperanza, y bajo el derecho libertad. Alrededor del ombligo enroscó la palabra transgresión y en el muslo izquierdo, apuntando hacia la ingle, vértigo. Estás palabras acompañaron otras tantas que adornaban el pubis, el cuello, las rodillas.

Ella por su parte había utilizado la espalda de él como cuaderno escribiendo una carta al miedo, a las dudas, a la incerteza.

Llevaban años leyéndose, cada uno desde su vida y habían compartido ideas, sufrimientos, alegrías, proyectos y horas de sueño perdido.

Ríos de tinta que ese día de otoño habían desembocado en una noche inesperada.

La historia comenzó con un café y la posibilidad de crear algo juntos, nada claro, nada definido, pero la electricidad latente que precede a algo grande estaba ahí.

Al principio todo fueron miradas a la espalda, cabezas gachas y palabras deslavazadas. Mucha vuelta al café y mucho tintineo de cucharillas que, como ambos esperaban, acabó en una segunda ronda ya no de café si no de cervezas.

Para la tercera ya sus hombros se habían rozado provocando el chispazo que impulso los bolígrafos a garabatear líneas y líneas en la vieja libreta que ocupaba la mesa. Fueron entrelazando la asquerosa caligrafía de uno con las brillantes palabras de la otra y regando ese caótico jardín con más rondas hasta que perdidos entre amarguras, pinceladas de realismo sucio, conversaciones alrededor de Bukowski, de Patxi y demás guías espirituosos se dieron cuenta de que la noche ya había llegado.

Abandonaron el jardín y el fresco de las calles del casco viejo les empujó a buscar un bar donde cenar algo y volver a aterrizar. El hambre lo calmaron con un par de pintxos y ya con el morro caliente de cervezas se metieron en la vorágine de luces, sudor, alcohol y espasmos rebotando de antro en antro, cada vez más cerca el uno del otro. Las torres Kio de Madrid caminaban por Caldera con pasos desafinados, el rumbo era incierto pero el final estaba claro y no pintaba bien.

Ella comentó que se rendía, él que el viento soplaba en contra. Él dejó caer las manos y ella lo guió sin prisa. Las calles se emborronaron en un bucle acelerado y de repente se vio en un portal que no era el suyo, subiendo unas escaleras que no eran las suyas y sujetando una mano demasiado morena para ser suya. Comenzó un reconocimiento visual del lugar en el que estaba, era el salón de un piso, pequeño, con solera pero apañado. Una ventana que daba a la calle, 90º, un poster de Pulp Fiction, 90º, una puerta, 90º, dos ojos verdes brillando en la penumbra que se clavaban como agujas de tejer en sus parpados.

Los agujas se convirtieron en manos y estas a su vez en tijeras que arrancaron sin piedad cada trozo de tela que cubría su cuerpo, dejando al descubierto una piel blanca y un colgajo que empezaba a ganar su batalla contra la gravedad.

Ella también se deshizo de su envoltorio y arrastrando sus curvas en una perfecta línea recta cogió el bolígrafo con el que ambos habían creado esa misma tarde y mientras las dos bocas entraron en una colisión de dulce violencia comenzó a tatuarle a él el cuerpo con palabras inseguras pero firmes.

Se contemplaron en respetusoso silencio y mientras cambiaban de postura, él se hizo con el boli.

Sobre su pecho izquierdo escribió la palabra esperanza, y bajo el derecho libertad. Alrededor del ombligo enroscó la palabra transgresión y en el muslo izquierdo, apuntando hacia la ingle, vértigo. Estás palabras acompañaron otras tantas que adornaban el pubis, el cuello, las rodillas.

Ella por su parte había utilizado la espalda de él como cuaderno escribiendo una carta al miedo, a las dudas, a la incerteza.

Cuando se hubieron vaciado cada uno en el opuesto se fundieron en un abrazo bajo la lluvia artificial de la ducha. Cada gota arrastró cuerpo abajo hacia el desagüe una palabra hasta que un río azul resbalo desapareciendo en silencio.

Amaneció nublado, y desde la irrealidad de la resaca ambos se sorprendieron compartiendo manta, se miraron, se estudiaron y él vio debajo del pecho izquierdo de ella la palabra esperanza y ella comprobó que el agua tampoco pudo borrar de la nuca de él la ilusión.

Se despidieron en un abrazo mudo, cada uno volvió a su burbuja habiendo superado una admiración mutua, pasando desde aquel día a idoletrarse sin remedio.

PIMU

Un gato cruza tu frente

Un gato cruza tu frente

Dejando marcadas

Huellas de un azul intenso

En los mismos lugares

En que ayer

Descansaban mis labios.

Un gato cruza tu frente

Y remolonea

Cerca de tu ojo izquierdo,

Pero a ti parece no importarte.

Que rápido has regalado los lugares

Que anoche me entregabas.

IPU

Cuando la mierda rezume

Y cuando,

Por encima del borde,

Rezume la mierda

Nosotros seguiremos bailando

Impulsados por esa inercia

Que da la costumbre.

Ajenos al olor

Y a los gritos indignados

Nos enlazaremos

En piruetas y vueltas,

Salpicando en cada salto

Nuestros cuerpos desnudos.

Reflejando nuestras cuencas vacías

Esa enajenación necesaria

Para, mientras el resto se hunden,

Poder seguir bailando,

Al ritmo del chapoteo de las ratas

Mientras nos muerden los tobillos

Recordándonos con rabia

Quién es aquí el que manda.

No saben que hace tiempo

Que los callos de nuestros pies

Nos protegen de olvidar,

Quiénes somos

Y a dónde podemos llegar.

Biluztu

Itxoin!

Ez kendu arropa oraindik.

Hartu papera eta boligrafoa

Eta idatzi ezazu

Zure lotsak,

Zure inseguritateak,

Zure beldur guztiak.

Orain bai,

Biluztuko gara

Eta gure zerrendarekin

Oheratuko gara.

Eta momentu honetan,

Gorputzak bata bestearen kontra

Talka egin ostean,

Non geratu da miserien zerrenda?

Beharbada,

Ohe azpian egonen da,

Ilunpean,

Itxoiten gure ahuleziak

Noiz bueltatuko diren.

Bitartea,

Biluztu gaitezen!

PECADO DE NOVATO

10:00 de la mañana y ya en el puesto. Puntualidad nada habitual pero ahí estaba, con su afeitado perfecto, su recién estrenado uniforme y el nudo en el estómago habitual de las primeras veces.

Repasó su rincón de la tienda y confirmó que todo estaba en orden, las perchas alineadas, las zapatillas alineadas y todo limpio y reluciente. Solamente faltaba un detalle, la gente, la oportunidad de demostrar y demostrarse que valía para eso.

Las dos mañanas anteriores habían sido, cómo decirlo sutilmente, aburridas del copón, y ésta por el rato que llevaba en la tienda pintaba igual. Los pocos incautos que se arrimaban a su sección era para preguntar por otras cosas, así que la función seguía siendo: saludar, sonreír, escuchar y derivar.

Saludar; hola buenos días ¿le puedo ayudar?; sonreír; escuchar; derivar, ahora mismo le busco una compañera, espere un momento.

A media mañana un caramelo, un paseo hasta el baño, un trago de agua y vuelta al rincón, a su reino de perchas equidistantes. A revisar por decimo-octava vez el correo de la empresa, a revisar el catálogo que se va a aprender en tiempo record. A volver a ese estado de enajenación causada por el aburrimiento, los focos y el bucle de paseos en círculo, en el que las ideas van naciendo, creciendo y muriendo con voluntad propia dejando excrementos incrustados entre el hilo reflexivo.

Saludar, sonreír, escuchar y derivar. Salivar, sofreír, escalar y derribar. Saludar, sofreír, escaldar y derivar. Sudar, sonreír, estrujar y depilar. Respirar, respirar, respirar y respirar.

Las 14:00 ya, sólo faltan dos horas, dos horas de intentar agradar y aguantar caras largas, anchas y amargadas. Dos horas en las que la idea de que para los trajeados jefazos (esos que con su cara seria son una especie de Sr. Smith en ese particular Matrix del consumo) los empleados no son más que cifras de ventas, concretamente los ceros que alimentan el objetivo de recaudación propuesto para el mes.

Hora y media y a casa a comer. Tócate los cojones, o los varios si es el caso, ahora empieza con la alergia, se ve que el polvo del puto almacén ha hecho trinchera en su nariz y empieza a enredar a sus anchas.

Estornudo, moqueada, estornudo y entre los ojos llorosos un potencial cliente que se acerca. Ciclo en marcha, respirar y:

Saludar; hola buenas tardes ¿le puedo ayudar?; sonreír; escuchar un sí majo, me vas a ir abriendo la caja; notar algo duro en la espalda, que después de ver un montón de series policiacas no podía ser más que una pistola; miccionar; gimotear.

Con los pantalones mojados y el animal con la pipa detrás recorrió los pocos pasos que le separaban de la caja. En ese viacrucis particular perdió el poco color que tenía en la cara y empezó a temblar al darse cuenta que nadie le había explicado como ostias se abría la caja. El espectáculo estaba servido.

Le dijo que era nuevo y que no sabía abrir la caja, él le contesto que no se anduviese con mierdas que si no lo que se iba a abrir era un agujero al estilo de los túneles de Belate en su pecho.

Número de empleado, contraseña, operaciones, error. Número de empleado, contraseña, número incorrecto. Sudor como si no cupiese mas acojono dentro del cuerpo y rebosase.

Nuevo intento, nuevo error. Gritos, amenazas, un empujón impertinente,  picor de nariz, falsa alarma.

Él animal que empieza a desesperarse y mirando el reloj deja la pistola a un lado y con un “quita que pruebe yo” se pone a toquitear la pantalla del terminal de cobro.

Es la oportunidad, aprovechando el surrealista momento se lanza a por la pipa la coge y apunta al atracador metido a informático. Éste que se da cuenta de la jugada, de su cagada, empieza a levantar las manos. Pero a medio camino se empieza a cerrar un puño, del tamaño del cogote de un gorrín, que amenaza desatar una tormenta de ostias.

Lo ve, apunta, nota cómo la adrenalina sube al tiempo que sube un estornudo. Instintivamente se lleva las manos a la cara y con la explosión del estornudo un dedo tira del gatillo y el paraíso de perchas simétricas se ve alterado por una lluvia torrencial de masa encefálica, mucosidad y billetes de la recién abierta caja registradora.

Se lo llevó la de la guadaña de las entrañas del centro comercial, se lo llevó a otro lugar por el único pecado de ser novato.

Pimu